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LAS RESIDENCIAS TRAS LA PANDEMIA

LAS RESIDENCIAS TRAS LA PANDEMIA

Paz Martín Rodríguez. Arquitecta, responsable del Programa de Mayores de la Fundación Arquitectura y Sociedad. Publicado en  Arquitectura Viva. (nº 225, junio, 2020)

La pandemia de la covid-19 ha colocado a las residencias de mayores en el punto de mira. Según una nota del CSIC publicada en abril de 2020, la mortalidad de los residentes en ellas es muy superior de la observada entre los residentes en sus propias viviendas. Por ello, resulta inevitable hacerse algunas preguntas:

¿Debemos repensar las residencias? ¿Se deben medicalizar?

¿Qué cambios podemos esperar?

Las presiones específicas que esta enfermedad ha provocado sobre este tipo de centros necesariamente determinarán la forma en que se deberán adaptar los actuales y se diseñarán las futuras residencias de personas mayores. Una residencia para personas mayores es un centro de servicios sociales, no hospitalario, destinado a procurar una alternativa de alojamiento temporal o permanente. Sus objetivos son la atención de las necesidades personales básicas, terapéuticas y socioculturales de los residentes y el mantenimiento del máximo grado de autonomía de los mayores que se alojan en las mismas. En ellas se debe procurar alojamiento, manutención y una atención integral que favorezca el desarrollo personal. De titularidad pública o privada, las residencias están, con frecuencia, ubicadas en la periferia de las ciudades y pueblos, y su diseño viene dictado por la necesidad de eficacia y el consiguiente ahorro económico en la gestión.

Su tipo arquitectónico es eminentemente hospitalario y hotelero, de edificio en altura y con largos pasillos, grandes espacios comunes en la planta baja y amplias dotaciones de habitaciones dobles o individuales. Estas características las han convertido en lugares anónimos donde la atención resulta poco personalizada. Solo el 3,41% de las personas mayores de España vive en residencias, y, según las encuestas, estas son el lugar peor valorado para vivir por parte de los mayores, que prefieren quedarse en su propia casa el mayor tiempo posible.

Buscando el fomento de la autonomía, el respeto de la autodeterminación personal, el mantenimiento de la responsabilidad sobre la vida propia y, en paralelo, el derecho a recibir apoyo, diversos expertos en geriatría demandan desde hace años una revisión total del modelo actual de residencias; un modelo que fue abandonado hace ya décadas en otros países de la Unión Europea, como Dinamarca, Alemania y los Países Bajos, entre otros. La propuesta de estos nuevos modelos es ampliar la independencia y autonomía de las personas mayores al máximo, prolongando la estancia en viviendas independientes durante el mayor tiempo posible.

La naturaleza disruptiva de la pandemia ha confirmado lo que los expertos venían ya señalando: las propias viviendas han resultado ser los lugares más seguros para las personas mayores, y las tipologías de las residencias de mayores convencionales no han sido adecuadas para aislar a este colectivo ante la covid-19.

Para evitar o limitar la propagación del virus, las residencias de mayores se han visto obligadas a alterar radicalmente su funcionamiento: prohibición de visitas externas, cancelación de todas las actividades grupales, confinamiento en las habitaciones, separación de residentes en sanos, con síntomas y positivos, nuevos protocolos de higiene y de actuación de trabajadores, desinfecciones periódicas. En algunos casos, se ha llegado a tomar medidas extremas, como el confinamiento de los propios trabajadores en los centros con el fin de proteger a los residentes. La masificación, las bajas de un personal afectado por la enfermedad —ya escaso en origen— y la configuración de los propios edificios han con- vertido estas labores en una misión imposible.

La propia configuración de las habitaciones hace fácil imaginar el terrible confinamiento que muchos residentes han sufrido o están aún sufriendo. También hemos conocido a través de los medios de comunicación la escalofriante noticia de que, por el hecho de residir en uno de estos centros, tener edad avanzada o discapacidad, algunas personas se han visto privadas de recibir atención sanitaria. Sin embargo, esto no ha sucedido con las personas mayores que lo hacen en sus viviendas habituales.

DESPUÉS DE LA COVID-19

Las consecuencias de la pandemia deberían permitirnos sacar algunas lecciones básicas en relación con el modelo de residencias; lecciones que podemos presentar a través de varios conceptos fundamentales: el hospital frente al hogar; la idea de ‘separación conjunta’; la noción de lugares para la vida; la creación de nuevos espacios; la necesidad de permeabilidad frente al aislamiento; y la tecnología accesible.

Comencemos por la primera, el hospital frente al hogar. Cuando esta crisis acabe, cabría la tentación de seguir priorizando la seguridad y la salud por encima de todo. Pero eso no debe convertir los centros en hospitales. La combinación de reglas draconianas junto con el enfoque que asimila vejez a enfermedad lo único que consigue es privar a las personas de su independencia. Al conceder la máxima importancia a las cuestiones médicas, normativas e higiénicas se desvanece la imagen positiva de la vida.

En este sentido, el avance de la edad debería suponer un incremento de la libertad de decidir sobre nuestro propio bienestar personal. Si una persona quiere mantener el control de su vida por encima de todo y desea vivir «si no es en casa, como en casa», se le deberían ofrecer soluciones que le permitiesen hacerlo. Es necesario, pues, apostar por nuevos diseños y fórmulas organizativas y de gestión lo más similares al hogar, que garanticen la intimidad, personalicen los cuidados y eviten la continua rotación de profesionales.

Lo anterior podría llevar a investigar en la posibilidad de nuevos modelos basados en la noción de ‘separación conjunta’. Las duras lecciones que estamos aprendiendo de la crisis del coronavirus podrían sugerirnos diseños que enfaticen el uso de unidades fácilmente separables donde los residentes puedan vivir, socializarse, realizar actividades y comer juntos en grupos más pequeños. A tal efecto, unidades de convivencia de dieciséis personas máximo u otros modelos ajustados al grado de dependencia de los usuarios serían una solución deseable. Estas áreas podrían incluso tener distintos grados de asistencia médica, de manera que pudieran ser fácilmente compartimentadas y medicalizadas en caso de una futura epidemia.

Por otra parte, las residencias deberían empezar a concebirse como espacios para la vida. Las habitaciones deberían tener un espacio suficiente para realizar las actividades posibles de la vida cotidiana: baño individual, pequeño salón, incluso una kitchenette. Muy importante asimismo sería la conexión con el exterior a través de una pequeña terraza que contribuya al bienestar, también durante una eventual cuarentena.

Estas mejoras podrían complementarse con la creación de nuevos espacios. Visto el éxito del control de la propagación del virus en residencias donde los trabajadores se han aislado con los residentes, deberíamos pensar en nuevos formatos donde eventualmente fuera posible vivir y/o descansar en tiempos de aislamiento. Posteriormente, tales espacios podrían ser utilizados por familiares en sus visitas a las personas residentes.

Por otro lado, los modelos de ocupación deberían trabajar en el fomento de la permeabilidad entre franjas de edad y modos de vida. La vejez puede hacer difícil la dedicación a actividades nuevas o no convencionales. Sin embargo, el entorno en el que vivimos puede cambiar esto: cada vez más, los expertos aconsejan promover programas y espacios intergeneracionales a través de prácticas de encuentro y colaboración entre personas de diferente edad. Con este fin, será necesario investigar las posibilidades de nuevos espacios intermedios permeables y eventualmente controlables, que permitan introducir la vida exterior en las residencias: espacios híbridos de socialización con servicios compartidos con la comunidad que fomenten la integración y la participación social de las personas residentes. En tiempos de epidemia, esos espacios con acceso directo exterior podrían utilizarse como lugares de transición ‘contaminado-limpio’.

En este contexto de cambio, la tecnología debería desempeñar un papel importante. La presencia de la tecnología en las residencias no es una tendencia nueva, pero está acelerándose como resultado de la covid-19. Durante los días de confinamiento, muchos residentes han utilizado herramientas de comunicación remota. El uso de tales servicios probablemente aumentará en el futuro y requerirá una infraestructura tecnológica sólida. Navegar sin presionar botones, gracias al control por movimiento o voz, puede facilitar la interacción por parte de las personas mayores. En lo que toca a la tecnología, la filtración, purificación y tratamiento del aire serán también de vital importancia, y deberán utilizarse materiales más resistentes a los patógenos, antimicrobianos y que se limpien fácilmente. Todo esto sin olvidar, en ningún momento, que el diseño deberá dar pie a un espacio lo más parecido posible a un hogar.

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